Rafael Cadenas Rutina

Me fustigo.
Me abro la carne.
Me exhibo sobre un escenario.
Allí no ofrezco el número decisivo.
Devorarme ¡mi gran milicia!, pero soy también un armador tenaz.
Sé reunirme pacientemente, usando rudos métodos de ensamblaje.
Conozco mil fórmulas de reparación. Reajustes, atornillamientos,
[tirones, las manejo todas.
A golpes junto las piezas.
Siempre regreso a mi tamaño natural.
Me deshago, me suprimo, displicente, me borro de un plumazo y
[vuelvo a montar el carafresca.
(No se trata de rearmar un monstruo, eso es fácil, sino de devolverle a alguien las proporciones.)
Planto mi casa en medio de la locuacidad.
Me reconstruyo con un plano inefable.
Calma. Ya está. Entro a la horma.

Eduardo Marquina Salmo del amor

¡Dios te bendiga, amor, porque eres bella!
¡Dios te bendiga, amor, porque eres mía!
¡Dios te bendiga, amor, cuando te miro!
¡Dios te bendiga, amor, cuando me miras!

¡Dios te bendiga si me guardas fe;
si no me guardas fe, Dios te bendiga!
¡Hoy, que me haces vivir, bendita seas;
cuando me hagas morir, seas bendita!

¡Bendiga Dios tus pasos hacia el bien;
tus pasos hacia el mal, Dios los bendiga!
¡Bendiciones a ti cuando me acoges;
bendiciones a ti cuando me esquivas!

¡Bendígate la luz de la mañana
que al despertarte hiere tus pupilas;
bendígate la sombra de la noche,
que en su regazo te hallará dormida!

¡Abra los ojos para bendecirte,
antes de sucumbir, el que agoniza!
¡Si al herir te bendice el asesino.
que por su bendición Dios le bendiga!

¡Bendígate el humilde a quien socorras!
¡Bendígante, al nombrarte, tus amigas!
¡Bendígante los siervos de tu casa!
¡Los complacidos deudos te bendigan!

¡Te dé la tierra bendición en flores.
y el tiempo, en copia de apacibles días,
y el mar se aquiete para bendecirte,
y el dolor se eche atrás y te bendiga!

¡Vuelva a tocar con el nevado lirio
Gabriel tu frente, y la declare ungida!
¡Dé el cielo a tu piedad don de milagro
y sanen los enfermos a tu vista!

¡Oh, querida mujer!… ¡Hoy, que me adoras,
todo de bendiciones es el día!
¡Yo te bendigo y quiero que conmigo
Dios y el cielo y la tierra te bendigan!

Aquiles Nazoa Nocturno del poeta y la arepa

Esta noche tiene hambre
la amada del poeta,
y él, temblando de frío,
sale a ver qué le encuentra.
Mas todo está cerrado:
por las calles desiertas
no se ve ni una sola
arepería abierta,
los carros de tostadas
terminaron la venta
y en triste caravana
se fueron ya de vuelta
al son de los crujidos
de sus chirriantes ruedas,
y hasta los botiquines
y bares y tabernas
hace ya mucho rato
que cerraron sus puertas…

Esta noche tiene hambre
la amada del poeta,
y él, igual que una sombra,
cruza las calles gélidas,
en la búsqueda ansiosa
de un lugar donde pueda
comprar alguna cosa
para que coma ella.

Pero todo es inútil,
pues el pobre poeta
en las calles nocturnas
ha dejado las suelas,
y encontrar no ha logrado
ni una taguara abierta
donde comprar un sánguche
de diablito, siquiera,
o una humilde empanada
de caraotas negras
que llevarle a su amada
que lo aguarda famélica.

Entonces, fatigado,
se sienta en una acera,
y mientras de cansancio
los ojos se le cierran,
apoyado en las manos
mira arriba y sueña:

Entre viendo y soñando
descubre así el poeta
que es la noche a sus ojos
una cocina inmensa
con lejanas y blancas
bocanadas de niebla
que a flotantes columnas
de humo se asemejan,
tal como si allá arriba
cocinaran con leña…
y ya al sueño entregado
viendo va mientras sueña
que el cielo es un budare,
la luna es una arepa
y un gran plato de queso
rallado, las estrellas,
en tanto que las nubes
evocan de tan tiernas,
lambetazos de fina
mantequilla danesa.

Y así fue como el bardo
resolvió el problema:
después de rellenarla
de nubes y de estrellas,
la luna en el bolsillo
le llevó a su doncella,
y ésta, que todavía
lo esperaba despierta,
entrándole a la luna
como a cualquier arepa,
se la pegó enterita
sin ver la diferencia

Amor y Fruto

Desconocidas

almas magnetizadas

en un momento.

Almas viajeras

de amoríos sensuales

en el camino.

Amor intenso

de espíritus intuidos

en lo naciente.

Florecen firmes,

bañadas de rocío,

hipando frutos

Los tiernos frutos

de la sutil cosecha,

fueron simientes.

@gisell_v

Voces de Luna

Tu fulgor ilumina  su  semblante

su espalda es seducida por mi sombra;

fantástica  alborada por  levante

en  poniente  el efebo ocaso asombra…

Calmada trinidad de eterno amante.

En fulgente  momento  novilunio

oso, entre ella y tú, grabar mi talle

no mirarme agiganta su  infortunio

yo paje de un amor que no avasalle…

Habito entre los dos en interlunio.

Tu pasión no  acaricia mi figura,

en plenilunio de noche calmada

ella eleva entre ambos su  escultura

para admirar mi cara iluminada…

Yo contemplo su cara con dulzura.

Te cobija mi manto sigiloso,

plenamente en mi otra travesía

ella mira mi claro más hermoso

tu ausencia en romería ella no ansía…

Me iré y vuelves mañana silencioso.

@gisell_v

Aquiles Nazoa “Amor, Cuando yo muera…”

Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda,
ni llores sacudiéndote como quien estornuda,
ni sufras «pataletas»
que al vecindario alarmen,
ni para prevenirlas compres gotas del Carmen.

No te sientes al lado de mi cajón mortuorio
usando a tus cuñadas
como reclinatorio;
y cuando alguien, amada, se acerque a darte el pésame,
no te le abras de brazos en actitud de ¡bésame!

Hazte, amada, la sorda cuando algún güelefrito dictamine,
observándome, que he quedado igualito.
Y hazte la que no oye ni comprende ni mira
cuando alguno comente que parece mentira.

Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda:
Yo quiero ser un muerto
como los de Neruda;
y por lo tanto, amada, no te enlutes ni llores:
¡Eso es para los muertos esülo Julio Florez!

No se te ocurra, amada, formar la gran «llorona»
cada vez que te anuncien que llegó una corona;
pero tampoco vayas a salir de
indiscreta a curiosear el nombre que üene la tarjeta.

No grites, amada, que te lleve conmigo
y que sin mí te quedas
como en «Tomo y obligo»,
ni vayas a ponerte, con la voz desgarrada,
a divulgar detalles de mi vida privada.

Amor, cuando yo muera no hagas lo que hacen todas;
no copies sus estilos, no repitas sus modas:
Que aunque en nieblas de olvido quede mi nombre extinto,
¡sepa al menos el mundo que fui un muerto distinto!

Antonio Machado “Los sueños”

El hada más hermosa ha sonreído
al ver la lumbre de una estrella pálida,
que en hilo suave, blanco y silencioso
se enrosca al huso de su rubia hermana.

Y vuelve a sonreír porque en su rueca
el hilo de los campos se enmaraña.
Tras la tenue cortina de la alcoba
está el jardín envuelto en luz dorada.

La cuna, casi en sombra. El niño duerme.
Dos hadas laboriosas lo acompañan,
hilando de los sueños los sutiles
copos en ruecas de marfil y plata.

Antonio Machado “Consejos”

I

Este amor que quiere ser
acaso pronto será;
pero ¿cuándo ha de volver
lo que acaba de pasar?
Hoy dista mucho de ayer.
¡Ayer es Nunca jamás!

II

Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar:
la monedita del alma
se pierde si no se da.

Antonio Machado “Caminos”

De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza

Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.

Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos…
¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!

Poema del amor Ajeno. José A. Buesa

Puedes irte y no importa, pues te quedas conmigo
como queda un perfume donde había una flor.
Tú sabes que te quiero, pero no te lo digo;
y yo sé que eres mía, sin ser mío tu amor.

La vida nos acerca y la vez nos separa,
como el día y la noche en el amanecer…
Mi corazón sediento ansía tu agua clara,
pero es un agua ajena que no debo beber…

Por eso puedes irte, porque, aunque no te sigo,
nunca te vas del todo, como una cicatriz;
y mi alma es como un surco cuando se corta el trigo,
pues al perder la espiga retiene la raíz.

Tu amor es como un río, que parece más hondo,
inexplicablemente, cuando el agua se va.
Y yo estoy en la orilla, pero mirando al fondo,
pues tu amor y la muerte tienen un más allá.