El Desamor

Dicen que las mayores locuras son por amor. Si estás sufriendo un desamor por una ruptura o porque esa persona “no te hace caso” debes tomártelo con calma. El amor es algo hermoso si no se convierte en necesidad. Cuando mezclas amor con deseo y necesidad, se convierte en un cóctel explosivo.
Nunca y repito NUNCA debes dejar de sonreír. ¿Sufres un desamor? Debes estar feliz… disfrutar de esa experiencia. Ahora sufres porque quieres tener a esa persona a tu lado y no es posible. Es como querer acariciar a alguien detrás de un cristal. Quieres… pero no puedes. Debes tener paciencia. Es más fácil que todo se rompa si tensas la situación, que si permaneces tranquilo.
Permite que todo en tu vida fluya. Que aquellos que quieran estar a tu lado, vengan a ti. Y los que quieran irse, déjalos marchar. Amas a una persona y le das lo mejor de ti… Si después de todo, quiere alejarse ¿Crees que es saludable empeñarte en que debe estar contigo?
Estás muy bien cómo estás y no necesitas estar en pareja para sentirte totalmente completo. Si decides tener pareja será para caminar por la vida juntos, enriqueciéndose mutuamente. Si vives con ansiedad, si lloras, si desesperas… ¡No has entendido el mensaje!
Recibe todo lo que te haga sonreír. Desecha los pensamientos negativos. Vive en calma y con una profunda confianza. Siempre piensa que algo bueno llegará y tendrá tus iniciales grabadas.Autor: Jorge Álvarez Camacho

Cristina de Suecia: el trono por un amor.

En mis tiempos de adolescente a menudo me preguntaba por qué las grandes historias en las que se habla del verdadero amor, de ese que traspasa barreras, tiempo y distancias había implicito sacrificio y sufrimiento. Sin embargo, entre las historias memorables de sacrificio y dolor ninguna parece ganarle a la reina Cristina de Suecia(1626-1689), capaz de abdicar del trono a cambio de un amor poco ortodoxo para la realeza.

Cristina de Suecia nació en Estocolmo. A lo seis años ocupó el lugar del rey Gustavo Adolfo II, su padre, aunque sin plena potestad puesto que era solo una niña. Fue educada para ejercer el trono con total resolución, para ello, su padre la crió como si esa muchacha frágil y poco agraciada fuese un príncipe. Cristina se destacó rápidamente en actividades exclusivamente masculinas, como la caza y el deporte, siendo una excelente jinete y muy hábil en el manejo de la espada, o por lo menos, es lo que nos cuenta la historia oficial, pero  lo cierto es que Cristinano fue criada como un hombre, sin contar que aquel comportamiento era natural en ella, así como el amor por otras mujeres.

Durante la regencia de Axel Osenstierna, Cristina se mostró educadamente indiferente ante los hombres. Disfrutaba, en cambio, de la compañía de intelectuales, poetas y pensadores; entre ellos, René Descartes, quien vivió dos años en su corte. Su fuerte defensa de las artes le ganó el apodo de la Minerva del norte.Cristina era tan sensible como emocionalmente inestable, acaso debido a las clausuras sentimentales de su época, que bien permitían deslices amorosos pero jamás una elección sexual abiertamente alternativa.

Los años pasaron sin bodas ni descendencia. En 1647 fue entrevistada oficialmente por el Consejo del Reino para averiguar las razones de esta demora. Presionada por las autoridades, que insistían en que contraiga matrimonio con su primo Carlos Gustavo, un héroe nacional, Cristina se tomó unos días para elaborar sus argumentos. Mientras tanto, en una gran muestra de habilidad estratégica, hizo circular el rumor de que mantenía una relación íntima con el conde de Pimentel, embajador español en Suecia.

Aquel período de reflexión se dilató por dos años. En 1649 anunció con no contraería matrimonio con Carlos, ni con ningún otro hombre. La alarmante posibilidad de no dejar descendencia fue demasiado para los nobles, que aumentaron la presión haciendo correr rumores escandalosos sobre la reina. En 1654, cansada de oír falsedades, Cristina de Suecia comunicó su decisión de abdicar de la corona.

Realmente no dió razones concretas, pero con el tiempo se entenderían sus motivos. Se hicieron grandes esfuerzos para cambiar su opinión, pero Cristina se mostró imperturbable. Finalmente, el Consejo la intimó a dar una explicación sobre lo que consideraba un acto radical y extraño, a lo que ella respondió: “Si el sabio Consejo conociera las razones, no le parecerían tan extrañas.”

El 6 de junio de 1654, en el salón principal del castillo de Uppsala, Cristina de Suecia se quitó las insignias reales y su primo asumió el trono bajo el nombre de Carlos X Gustavo y libre de sus obligaciones como reina, Cristina se dispuso a vivir abiertamente una relación, hasta el momento, clandestina, que venía manteniendo desde la adolescencia con su prima y ayudante de cámara, Ebbe Sparre, apodada “Belle” a causa de su deslumbrante belleza. Durante años habían intimado en un prudente anonimato, encontrándose a escondidas en las habitaciones oscuras del palacio de Uppsala, cambiando miradas cómplices ante obispos y nobles homogéneos; besándose en secreto cuando la soledad y el sigilo se imponen sobre el reposo de los regentes.

Cristina de Suecia estuvo dispuesta a abdicar del trono a cambio de libertad y a no considerarse a sí misma como un útero para cultivar honorables sucesiones, pero temiendo las represalias de la opinión pública, Ebbe Sparre le confesó aCristina su incapacidad para vivir su relación de un modo abierto, y acto seguido contrajo nupcias con un caballero prolijamente heterosexual.

Sola y abatida, Cristina abandonó Suecia. Viajó por toda Europa disfrazada de hombre hasta que se estableció en Bruselas. Acaso para simular despecho se obligó a mantener relaciones ilegítimas con el marqués de Monaldeschi, quien sería asesinado en 1657. Algunos la acusan de este crimen.

Cristina de Suecia murió en Roma a los 63 años, lúcida y activa, prodigando dones y madrinazgos a distintos artistas. Tras su
fallecimiento se intentó ocultar el largo epistolario entre ella y Ebbe, a quien le siguió deseando toda la felicidad del mundo aún después de que ésta la hubiese abandonado por un hombre. Ningún biógrafo sospecha un segundo de arrepentimiento en la decisión de Cristina de abdicar del trono por amor.

El amor no correspondido…

Sobre el amor se ha escrito un número impresionante de libros. Unos excelentes y dignos de figurar en una antología de la excelencia. Otros, por cierto, la gran mayoría, han sido de pésima calidad. Estos últimos son los que han alimentado las frases trilladas y los conceptos equivocados (si es posible el término) sobre este sentimiento tan complejo.

Las definiciones se han dado desde el punto de vista de la literatura, la filosofía, la biología, la psicología y la historia. Intentar, por lo tanto, seguir añadiendo conceptos acerca del amor es una empresa sumamente peligrosa.

Sin embargo, a pesar de esta peligrosidad y con la inmensa posibilidad de aumentar el número de oraciones en el gran fraseario del amor, me he tomado la atribución de hablar en nombre de ese amplio porcentaje que está al margen de la intelectualidad y de las preferencias de cupido.

Sin poseer la erudición de especialistas en la materia como el brillante Erick Fromm, el dantesco Leopoldo Chiappo o el polémico Anthony Giddens, asumo este reto desde la observación, la lectura y el análisis, pero sobre todo, desde el hecho, nada gratificante por cierto, de haberme inoculado “sin querer queriendo” ese extraño virus cuyo primer síntoma es la pérdida del pudor para expresar las consecuencias de dicha enfermedad. Este es el más claro ejemplo.

Recientemente leí una frase de Woody Allen que me dejó sumamente preocupado: “Sólo hay un tipo de amor que permanece, el amor no correspondido”. Si esta premisa es cierta, quiere decir que al final de cuentas uno tiene que buscar urgentemente alguien que haga caso a sus anhelos o terminará eternamente enamorado del objeto amoroso que no le retribuye. Para entender mejor estas palabras es mejor ir a los conceptos de los maestros.

Se entiende que hay varios tipos de amor. Fromm las clasifica en cinco: el amor fraternal, el amor materno, el amor erótico, el amor a sí mismo y el amor a Dios. Después de leer detenidamente las definiciones de cada tipo me resultó imposible enmarcar ese “amor no correspondido” del que habla Allen en alguna de estas clasificaciones.

Mientras el amor fraternal se refiere a la relación de hermandad, el amor materno representa la compasión, el amor erótico la fusión con el otro, el amor a sí mismo con la autovaloración y el amor a Dios el rencuentro del hombre con el todo que es la naturaleza, “el amor no correspondido” parece reclamar su autonomía y su propio estudio.

La pregunta que aparece inmediatamente es: ¿Por qué ese tipo de amor permanece? ¿Por qué a pesar de que en muchos casos se establecen nuevas situaciones y hasta se descubren nuevos “objetos amorosos”, la imagen, el concepto y el nombre de ese amor no correspondido parecen fijarse en nuestra mente como un fantasma rebelde?

La respuesta puede estar en el hecho mismo de conocer ¿Qué es el amor? Y aquí voy a citar por segunda vez a Fromm: “El amor no es esencialmente una relación con una persona específica, es una actitud, una orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo en su totalidad, no con un objeto amoroso”.

He aquí la que considero la definición más atinada sobre el amor. El auténtico amor está al margen del objeto amoroso, es decir al margen del objeto amoroso, es decir al margen de si se es correspondido o no. El amor vale por sí mismo y por la capacidad que tiene uno de amar. No necesita de una relación con otra persona para justificarse, no implica un contrato de usufructo corporal.

La confusión radica en que la mayoría de gente nunca supera el amor erótico y se solaza en la constante simbiosis del cuerpo y del egoísmo mutuo. Esto es lo que al final lleva al desgaste de la pareja y su consiguiente disolución.

La persona madura (difícil llegar a serlo ¿no?) que luego de un constante trabajo y conocimiento de si mismo y de su entorno a aprendido a amar se dedica solamente a eso, a amar, se preocupa por dar, por organizar su amor para crecer como hombre, no se preocupa por la perdida o partida del objeto amoroso, porque el sentimiento y la voluntad lo trasciende, y porque además sabe que de alguna forma siempre estará allí, en ese lugar recóndito, ideal y casi platónico que sólo ha de desaparecer con la muerte o quien sabe.. con el amor.

Colaboración de Anddy Landacay Hernández

Entre el amor y el desamor

 

Los seres humanos somos seres luminosos, poderosos, co-creadores de la vida misma, nacemos dotados de amor. El mal es una elección, no una característica que poseamos por naturaleza, se construye con cada decisión incorrecta que tomamos, cuando nos traicionamos optando por el desamor. No es el odio lo que mata al amor sino el miedo. La traición, el egoísmo y el narcisismo constituyen la fórmula perfecta para construir hombres temerosos de sí mismos, carentes de dar o recibir amor, desconectados de su interior; convirtiéndose así en seres realmente pobres y débiles por elección. Son estos seres los que comenten las injusticias más despreciables, inhumanas y aberrantes. Detrás de cada asesino, abusador, o cualquier líder de la injusticia se encuentran seres escasos de amor, su esencia más profunda está dañada y enferma por todas las veces que han traicionado su capacidad amorosa. Son seres impotentes que no pueden expandirse en el amor por eso destrozan a su paso todo lo amoroso y realmente valioso en la vida. Sus acciones están respaldadas por la envidia proveniente de los huecos insaciables que se alojan en el alma cuando se traiciona el espíritu.

No hay por que temerle a nuestra fuerza amorosa. Ésta es generosa, poderosa y vital. Es al miedo al que hay que huirle sin pensarlo.

El amor es aquello que hace posible las metamorfosis, nos obsequia los elementos oportunos para extender las alas, trascender y volar con entera libertad hacia la verdad. El amor es ese brillo resplandeciente que proviene del alma y se refleja en la mirada acusando lo prodigioso de la vida, es todo acto de perdón, comprensión, conmoción, es lo que hace posible lo quimérico. El amor es un sentimiento fácil de reconocer: es benévolo, acoge el alma y cuida del otro. Es la fuerza última que nos une por encima del rencor, el desazón, el temor o cualquier acto de alevosía. Sus raíces emanan del rincón supremo en donde se gesta la energía del universo.

La fuerza del amor es tan intensa que repara todo tipo de heridas, es una pócima renovadora, magia real para curar el dolor y lo más increíble es que nacimos con ella. Somos seres sanadores de los desgarramientos más profundos. Todo consiste en elegir el amor y permitirle que se extienda en nuestro interior.

El amor es energía inmortal e indestructible ya que su característica principal radica en regenerar, por está razón siempre tiene la última palabra frente al desamor o la traición. El amor nos permite percibir el aroma de lo invisible, nos muestra la función de la vida, pule nuestros sentidos para deleitarnos con sus acciones, repara lo agrietado, florece lo devastado, es música celestial que hace bailar con ritmo unísono al universo, suma, renueva, es líquido nutritivo del que continuamente estamos sedientos, está inmerso en el viento y genera oportunidades. Es insistente y sin lugar a dudas encuentra los medios propicios para hacerse presente, agasajar, reconfortar, curar, procrear y materializarse. El amor nos hace vivir en sincronía con Dios, nos conecta con su fuerza de forma tangible. Es lo que hace posible la vida y la oportunidad de descubrirla.