Amor del bueno

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Un amor bueno, no digo “de película”, ni falta que hace, pero sí un amor más real, noble, sano, que nos apoye y acompañe.

Parecería que encontrar el amor, fuese un privilegio de la juventud, nada más lejos de la verdad.
Lo que llama la atención es que en ésta –la época de las comunicaciones- cuesta más que nunca que las personas nos comuniquemos, que nos encontremos el uno con el otro.
Da la impresión que cada uno está en su mundo y que esos mundos están separados por abismos inmensos en los que no alcanzan los puentes.
No es así.

¿A qué se deberá este fenómeno?
¿Tendrá que ver con cada uno o con lo social en sí?
Seguramente habrá de las dos cosas, somos seres sociales, no podemos separar el ser individual, con aquel que vive inmerso en una sociedad.

Es cierto que a medida que el calendario de nuestras vidas nos empieza a pesar un poquito, es probable que nos volvamos más intolerables, más inflexibles.
Pero a la vez (qué contradicción) la necesidad de compartir la vida con alguien es mayor.

Todos cargamos con la mochila de nuestra historia pero, para aquellos que transitan la vida solos es más difícil cargarla, pues no hay una mano amorosa que nos ayude con el peso.

En el medio de estas dos puntas de un mismo camino, imagino que también está el miedo.
Miedo a cometer los mismos errores que nos llevaron hasta el lugar donde hoy estamos, miedo a volver a sufrir, miedo a no poder modificar frente al otro, si fuera necesario, ciertos hábitos o costumbres que hemos adquiridos con los años.

Sin embargo, en esta mitad, también debería estar la esperanza, la ilusión, no importa la edad que tengamos.
Los sueños no cumplen años, la necesidad de amar y ser amado no tiene calendario.

Además, si bien lo pensamos, corremos con una ventaja: a esta altura de nuestra vidas ya sabemos que no hay príncipes azules (ni de otros colores tampoco).
Por el otro lado, sabemos también que no hay princesas esperando ser rescatadas. Solo gente con ganas de amar y ser amada, acompañar y ser acompañada, recibir atención y darla con gusto.
Por eso y por difícil que resulte lograr una comunión (común – unión) con el otro a la luz de la realidad que vivimos, hay algo que debería mantenerse como cuando uno era más joven: las ganas, la esperanza, la fe.

Tal vez, será cuestión de ser más abiertos, más flexibles y sobre todo, de no bajar los brazos y aún menos cerrar nuestro corazón.

Quizás, en el rincón menos pensado, hay alguien que nos está esperando, con el mismo miedo, con la misma soledad, pero también con las mismas ganas.
Alguien en la otra punta del camino dispuesto a llegar hasta la mitad, hasta nosotros y allí, en ese medio que hasta ahora era sólo ausencia, encontremos un amor real, a la medida, no de nuestra edad o circunstancia, sino de nuestras ilusiones, las que se habrán adecuado solitas a nuestra edad y a nuestra circunstancia.

El milagro del encuentro con ese ser que tanto se desea, tiene siempre la misma magnitud, no importa si cuando sonreímos al verle, se marca alguna arruga en nuestro rostro, lo que debemos preservar es que no se nos arrugue el corazón.

2 Comentarios

  1. Muy ciertas palabras.. me encanto..
    Quizás es que nos volvemos sin querer cada vez mas exigentes y no medimos lo fuerte que es la soledad no de ausencia sino de silencio, cuando entramos en la edad mas dorada, mas divina, mas vivida y mas esencial para estar acompañados y caminar de manos, sonriendole a los años..

    Pero como dices al final; segura estoy que siempre en algún lugar nos espera alguien..
    Siempre he dicho que el que piensa, imagina; el que imagina, sueña; y el que sueña, ama y tiene motivos para despertar y vivirlos; “aquí y ahora”..

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