Dido y Eneas: una historia tragica que marco el fin de un pueblo

Si  viste la película Troya con Brad Pitt, recordaras que al final, el personaje de Orlando Bloom,  Paris, le entrega una espada a un joven, que escapa de la masacre con un grupo de troyanos. En la mitología romana se le conoce como Eneas, hijo de la diosa Venus y un mortal y que de forma indirecta, será el padre de Roma, pues de su línea descenderán Rómulo y Remo, los fundadores de la ciudad. En la historia, Eneas escapa con su anciano padre y su joven hijo y llega hasta la isla de Cartago, donde pide asilo a la reina Dido. Cuenta la leyenda que Venus pidió a Cupido que lanzara una de sus flechas a la reina, para asegurarse que esta se enamorara de él y le prestara ayuda. Por otro lado, la Diosa Juno también interviene en el romance, pero por motivos opuestos. Conocedora del futuro de Eneas y odiando a los troyanos, espera que  al enamorarse Eneas de Dido, pues no cumpla con su destino y la sangre de los troyanos  desaparezca con el pasar de las generaciones, mezclada con la de los cartaginienses.

En cualquier caso, Eneas y Dido se hicieron amantes. Pero hay que decir que Cupido hizo mejor trabajo que Juno, pues si bien Eneas se enamoro hasta cierto grado de la reina, esta perdió la cabeza por el troyano. Pasado el tiempo y presionado por sus compañeros,  Eneas decide que es hora de partir y encontrar un nuevo hogar, una nueva nación para su gente. Dido le suplica que se quede con ella, ofreciéndole villas y castillas, pero a Eneas como que no le convenció eso de ser rey consorte. Viendo que el amante no está dispuesto a quedarse con ella, Dido se suicida, arrojándose a una pira.

Esta tragedia mitológica sería tomada siglos después como la razón del odio visceral entre Roma y Cartago. Un famoso orador romano, Catón, terminaba cada discurso con un “destruyamos a Cartago” a si viniera al caso o no. De Cartago sale el famoso general Anibal y sus elefantes que casi pone a Roma de rodillas, pero al final Cartago pierde y como dijo un comentarista de la época, a los cartaginienses, los romanos “no le dejaron ni los ojos para llorar.” Y todo, en teoría, por un amor truncado en aras de una ambición patriótica.

 

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