Un museo para las tragedias de amor

Debo reconocer que de todos los artículos que he escrito éste se lleva el “Oscar” de lo “Extremo, y es que ese extraño y acuciante dolor que invade al ser humano cuando una pareja se rompe, es la distancia y la paciencia lo hemos sentido todos en algún momento.

Pero, cuando Manuela Kay, una atractiva joven de Berlín, constató que su primer gran amor la había abandonado tomó una decisión radical. La joven se dirigió a una tienda, compró un hacha y destruyó con infinita y fanática paciencia todos los objetos que ella y su amiga habían comprado a lo largo de su intensa relación: libreros, cómodas, sillas y mesas. “Cuando ella regresó al hogar para llevarse algunos muebles, sus amigos se murieron de la risa, pero ella se enojó mucho”, contó la joven.

Susanne Schickl, en cambio, tenía un problema diferente. No sabía qué hacer con el hermoso vestido blanco que utilizó cuando se casó con su primer gran amor, un atractivo ejecutivo japonés. “Un vestido de novia en el armario no es un solución”, se dijo la mujer y un día, empaquetó el vestido y escribió una breve historia sobre su primera gran pasión y cómo se había roto la relación.

Desde hace un par de semanas, el hacha de Manuela Kay y el vestido de novia de Susanne Schickl y sus respectivas crónicas de un amor imposible forman parte de una melancólica e inédita exposición que, bajo el nombre de Museo de las relaciones rotas, pretende ofrecer un bálsamo para calmar las penas de amor y, al mismo tiempo, ofrecer un refugio eterno a los objetos que las parejas se habían regalado.

El Museo de las relaciones rotas, nació hace un año en Croacia cuando dos artistas, Olinda Vistica y Drazen Grubsic decidieron separarse. “No sabíamos qué hacer con las cosas comunes y por eso decidimos crear el museo. Nuestro aporte es un florero blanco”, dijo Grubsic, cuando se inauguró la exposición en Berlín.

La idea de la ex pareja cautivó al público de Croacia y sólo ha recibido críticas positivas en las ciudades donde ha sido exhibida la muestra. Berlín no ha sido la excepción y, aunque los objetos que se pueden ver en una austera sala del edificio Tacheles —la catedral del arte alternativo de la ciudad— no despiertan la codicia de los ladrones, tienen la magia de despertar en el público una rara mezcla de melancolía y sonrisas cómplices.

Por ejemplo, el par de esposas cubiertas con una tela de color rosa, que formaban parte del arsenal erótico de una pareja de Zagreb. El texto que acompaña a las esposas señala en español: “Átame”.

La historia de S., una mujer de Berlín es triste y optimista. Junto a un ciervo de papel maché de color rojo, la mujer cuenta que su ex esposo peruano la conquistó con una frase sacada de un vals: “quiero ser el sol de tu vida”, le decía. “Muy pronto descubrí que nunca me había amado. Pedí el divorcio y este ciervo, que acompañó nuestra única navidad, debe viajar ahora por el mundo para buscar el amor verdadero”.

Es cierto, la historia de la humanidad esta repleta de historias de amor que tuvieron un desenlace trágico, como recuerda una joven de Zagreb que regaló una rosa congelada al museo. “Todos los grandes amores son trágicos o breves”, escribió la joven. “Esta rosa congelada me recuerda un gran amor que fue largo y trágico”.

Anillos de compromiso, que terminaron en el museo y no en el dedo de la mujer amada, un frasco repleto de lágrimas derramadas por un joven después de cuatro años de relación, ositos de peluche, ropa interior, teléfonos celulares y las clásicas cartas de amor.

La atracción de la muestra, sin embargo, es una pierna ortopédica que perteneció a un veterano de guerra de Croacia. “La pierna duró mucho más tiempo que la relación”, escribió el donante que se enamoró de su enfermera. “Estaba hecha de un material mucho más sólido”.

La muestra itinerante que cautiva estos días a Berlín ofrece al público la posibilidad de donar sus propios recuerdos, una idea que hizo posible conocer el hacha que utilizó Manuela Kay para destruir sus recuerdos y el vestido de novia de Susanne Schickl

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