Mujeres Apasionadas. María Teresa Castillo

En ésta oportunidad pero no puedo dejar pasar el fallecimiento de una verdadera mujer apasionada, una mujer comprometida con la vida, dispuesta a defender sus creencias,  e ir presa, viajar, enamorarse, casarse, tener hijos, levantar el Ateneo de Caracas, fomentar la cultura en Venezuela, dejar un legado a los venezolanos y al mundo, y vivir 103 años; y les aseguro que eso es sólo lo que yo puedo ver, puesto que si recurriéramos a su familia y amigos, un libro sería poco para narrar las anécdotas.

Pero no serán mis palabras las que cuenten esta historia, serán la transcripción de una de sus entrevistas la que narrarán su vida, que comienza así:

“Yo nací en Cúa. En el Estado Miranda, en una hacienda que se llamaba “Bagre” porque mi abuelo, que era de Trujillo, se vino muy joven y se casó con mi abuela que era una Dunlock. Cuando mi padre murió, yo tenía dos años y nos vinimos para Caracas y aquí estoy desde entonces. Mi madre se dedicó a cuidar a sus hijas. Fuimos dos: Alicia, que luego se casó con Juan Pablo Pérez Alfonzo, y yo. ¡Ella era tremendísima! Y yo era el “gallo pelón” de la familia porque era muy independiente, a mí no me gustaba someterme a normas. Éramos pobres, pobrísimas. Y en mi familia había sin embargo, el afán de que figurásemos en la “sociedad” que hoy en día está tan mal parada. Pero en aquella época la sociedad estaba constituida por familias de apellidos. Yo me acuerdo que desde chiquita yo me burlaba de eso. A mí eso me chocaba, me parecía humillante pretender ser lo que no éramos…”

“Yo me había ido de Venezuela un año antes de la muerte de Gómez a Estados Unidos y trabajaba en una fábrica como costurera. Aquello podía parecer trágico para una muchacha tan cuidada, tan protegida, pero yo me sentía muy bien, muy independiente, sin riesgos ni peligros. Pero si soy sincera tengo que contarte un episodio lastimoso de mi vida, nunca igualado ni superado. Yo me llevaba muy bien con todo el mundo, con la gente que trabajaba, con mis compañeros. Me encantó Nueva York desde el principio. Pero uno tenía esa necesidad de expresarse, de exteriorizar todo lo que uno llevaba por dentro por tanto tiempo, y en una reunión un muchacho norteamericano muy amigo que me acompañaba, me llevaba y me traía, no soportó más mis críticas durísimas, desenfrenadas contra su gobierno y ¡zaz! ¡Me cacheteó! No me preguntes cuál fue mi reacción. Porque no podía tener otra… ¡me caí de espaldas! Pero no tenía tiempo para lamentar nada. Mis gestiones para entrar al país resultaban inútiles porque yo ya estaba señalada como revolucionaria…”

“Regreso en febrero y Gómez muere en diciembre. ¿Y tú sabes que sentí? Que podía respirar ¡Casi treinta años de una dictadura y aquí no pasaba nada! ¡Aquí todo el mundo estaba dominado por un sistema de represión horroroso! Este país tenía que salir tarde o temprano de ese aplastamiento. López Contreras me hace presa porque estaba repartiendo propaganda subversiva. Éramos tres. Rafael Viso, D’León  y yo. Tú me preguntas hoy por qué yo estaba arriesgándome y tendría que contestarse que eso era lo que me estaba pautando hacer por la vida porque es que no podía hacer nada. Nosotros habíamos dejado el automóvil cerca y cuando nos empezaron a perseguir salimos disparados para Catia, y nos metimos corriendo en el primer bar que encontramos que se llamaba “Las Tres Lunas”. Que era realmente un cabaret de pésima muerte. Mira que han pasado años y nunca se me ha olvidado la cara de Guillermo Meneses que fue un gran amigo mío y me visitaba constantemente cuando yo estaba presa y siempre soltaba la risa y me decía: “¿Tú sabes lo que es María Teresa, que tú hayas caído fichada en “Las Tres Lunas”?…”

“Yo estuve en la Jefatura de La Pastora con el Jefe Civil y su esposa que se portaron muy bien conmigo. El Juez se tomó un año para dictar sentencia. No la leyó completa. Sentí una mezcla de rabia y risa cuando lo oí en las primeras líneas… que una mujer llamada María Teresa Castillo…. Pero lo que sí era cierto es que ya era una mujer.”

“Este país pasó casi treinta años cercado por todas partes como si estuviéramos en la Edad Media. Esto era un coto cerrado del gobierno de Gómez. Aquí no habían museos, casas culturales, reuniones, ¡nada de nada! Venían cosas de afuera, pero eso de crear aquí una orquesta, un grupo teatral, eso no existía. Y yo tengo mi criterio sobre eso. A ninguna dictadura le interesa que haya libertad para expresarse. La cultura es un arma contra la represión, lo que no se esgrime de frente se insinúa en una obra de arte, en una pieza teatral, hasta en una sinfonía. Yo, como todos los venezolanos de esa época, despertábamos de una pesadilla. Comenzamos con nuestras “tenidas literarias”, reuniones semipolíticas en las que de manera muy coincidente se iniciaba un proceso que habría de dar importantes frutos. Ese grupo lo llamamos “el grupo cero de teoréticos” y de allí nació la Gaceta de América que dirigía Inocente Palacios y que, por supuesto, fue puesto preso con el primer número que salió. Pero ahí un día nos llama María Luisa Escobar, nuestra insigne compositora, para una reunión que decidirá la suerte de una Casa de Cultura. Yo asistí con Antonio Palacios. Ella fue una valiosa amiga, un ser superior, como una hermana, más que como una hermana, primera mujer en ganar el Premio Nacional de Literatura, sensibilidad exquisita. Ella me acompañó, siempre respetando mis alas…”

“Una vez yo soñé con Miguel… antes de la muerte de Gómez. Yo me dije: “qué raro… Miguel Otero”. ¡Imagínate! Él no estaba aquí. Cuando él volvió le pregunté: “Miguel… ¿y tú no te has casado por ahí? ¿no tienes novia o algo?”. Me dijo: “No, estoy soltero”. Y yo le contesté así como era yo: “¡Qué bueno!” Y allí comenzó todo. El destino. Tiene que ser eso. Yo no puedo decir que al amor y a Miguel los conocí al mismo tiempo, porque yo a Miguel lo conocí siempre. Fue algo que fue madurando. Pero sí puedo decir que yo lo elegí…”

La entrevista completa la pueden conseguir en: Escritoras Unidas y Compañía

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