Hacer el amor Jorge Bucay

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Ella y yo hacíamos el amor diariamente.

En otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles hacíamos el amor invariablemente…

Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente…

Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente…

Hacíamos el amor compulsivamente.

Lo hacíamos deliberadamente.

Lo hacíamos espontáneamente.

Hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres,

por favor,

por supuesto,

por teléfono,

de primera intención

y en última instancia,

por no dejar y por si acaso, como primera medida y como último recurso.

Hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis:

Y a eso le llamábamos hacer el amor científicamente.

Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí, es decir, recíprocamente.

Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo con el miembro

convertido en un músculo flácido no podía llenarla,

entonces hacíamos el amor lastimosamente.

Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a poder y no podía,

y ella pensaba que no iba a sentir y no sentía, o bien estábamos tan cansados

y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo.

Decíamos entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente.

O bien, a Estefanía, le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le trajo de Wisconsin

que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas a creolina,

y yo por mi parte recordaba la sala de  la casa de los abuelos con sus sillas vienesas

y sus macetas de rosas esperando la eclosión de las cuatro de la tarde…

Así era como hacíamos el amor nostálgicamente, viniéndonos

mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.

Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura.

O de noche con la luz encendida, o de día con los ojos cerrados.

O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia.

O viceversa.

Contentos, felices, dolientes, amargados.

Con remordimiento y sin sentido.

Con sueño y con frío.

Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida y de que un día

nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente.

Para envidia de nuestros amigos y enemigos hacíamos el amor:

ilimitadamente,

magistralmente,

legendariamente.

Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente.

Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.

Para alegría de los psiquiatras hacíamos el amor sintomáticamente.

Hacíamos el amor físicamente,

de pie y cantando

de rodillas y rezando

acostados y soñando.

Y sobre todo, y por la simple razón de que yo lo quería así

y ella también hacíamos el amor voluntariamente.

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